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Sonatas de flauta |
Salieron del polideportivo entre bromas y tomaduras de pelo.
Llegaron al restaurante donde habían decidido celebrar el acontecimiento y se sentaron en una gran mesa compartida por ambos equipos. Comieron, bebieron y rieron hasta hartarse. Cuando llegaron las copas después de los postres, ya estaba olvidada la derrota y los efectos del vino habían comenzado a desinhibir las relaciones.
Lo que fue coreado por todos, con gritos.
Y otra vez irrumpieron las carcajadas. Arturo seguía las bromas ya con el resultado del partido olvidado. Su novia no estaba y cualquiera de los planes le parecía atractivo con tal de seguir divirtiéndose. Sabía por experiencia que cuando concretaran el sitio a donde se iban a dirigir después de cenar, los que mas alborotaban iban a empezar a rajarse.
Puta mentira, os está esperando vuestra mujer o novia o lo que sea con el rodillo detrás de la puerta y no hay huevos para quedarte bebiendo y divirtiéndote con tus amigos hasta que se haga de día. La que manda, manda. Pensaba Arturo. El se sentía libre como el viento aquella noche. Cuando llego la hora de cambiar de sitio, se cumplieron las predicciones de Arturo.
Arturo sonreía. ¡Por lo menos di la verdad! Pensó. |
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